Y digo que mi BIG BANG, debió de estallar el mismo día en que nací, porque no tengo un recuerdo nítido de cuando comenzó mi interés “estelar”.
Tan solo tengo claro el recuerdo de las sonrisas que producía este renacuajo, cuando los adultos le hacían la típica preguntita: y tu… ¿Qué quieres ser de mayor?
-ASTRONAUTA, respondía con rotundidad.
-Que bonico y ¿no quieres ser futbolista o torero?
-No, ASTRONAUTA.
No debí ser lo suficientemente convincente, o falló algo porque como veis no fui astronauta y sigo sin entender esa sonrisa de, “coño” con el crío.
Recuerdo también y no lo ubico en el tiempo de mi extremada niñez, las miradas al cielo durante las noches de verano, o los viajes en la noche, en el coche de mi padre sin dormir y mirando por la ventanilla, esperando ver, vete tu a saber que.
El primer nombre de persona, que había hecho historia que aprendí, fue el de Neil Amstrong, al cual le tengo una admiración reverencial y estaría encantado de abrazar y charlar días y días. Y no solo aprendí su nombre, además, sabía decir de carrerilla, los de la tripulación de aquel maravilloso Apolo 11, que nos sacó de la orbita de la tierra y llevo hasta otro astro. Y por supuesto el de el héroe espacial mas grande, Yuri Gararin.
Pero mi apertura hacia el espacio, de la que tengo un nítido recuerdo, fue en 1.975 con cinco añitos mirando las noticias de televisión.
En estas imágenes imborrables de mi recuerdo, se veía propulsada por el espacio, una nave espacial soviética llamada Soyuz, aproximarse lentamente a una nave americana Apolo, acoplarse entre ellas, abrirse la compuerta del módulo de acoplamiento y fundirse en un apretón de manos y un abrazo un cosmonauta ruso y un astronauta norteamericano. Imagenes que con el tiempo he recuperado y comprendido de su importancia histórica, en el tiempo en el que este hecho tuvo lugar.
Los hombres, podían no solo viajar por el espacio si no además, visitar otras naves espaciales. Demasiado para cinco añitos. Eso debió pesar en mi subconsciente porque treinta y dos años más tarde me casé con una soviética de nacimiento, corazón y convicción, y con la que permanezco “acoplado”.
Luego llegaron las estaciones espaciales soviéticas, de todo tipo y misión y el agridulce Skylab americano, fabricado con un pedazo del cohete Saturno V, del que parece que aún estoy viendo flotar con uno de sus brazos de paneles solares roto y un enorme toldo naranja, improvisado, para paliar el calor de que sufria la tripulación. Este, acabó desintegrado en la atmósfera y lo que quedó en el fondo del mar, para el resto de los siglos.
Como veréis, mi niñez comenzó marcada por los viajes espaciales y mis sueños, cuando me acostaba, también.
Pero no era es tipo de naves espaciales las que yo anhelaba ver.



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